miércoles, 8 de enero de 2014



[Tienes que darle al play a L'amour fou de Françoise Hardy antes de comenzar a leer ésto. Tendrá otro sentido].
Las fechas de luces y movimiento, coches y personas junto al sonido de campanas y los insufribles villancicos ha acabado. No sé si dar  gracias por ello o asustarme por la vuelta al mundo real. Siempre dije que las Navidades, y el día de mi cumpleaños duchan en mí halos de tristeza. No por seguir los tópicos de odio hacia estas datas, si no porque es la manera constante de recordarme que…algo falta, y la evasión en esos días resulta más difícil. Más difícil que de costumbre.

El paseo nocturno del otro día como era visto no acabó bien. En verdad, para mí nada nunca acaba bien.  Los “finales“y “bien” para mí son encarables, pero no conjugables. Es distinto cuando aceptas algo, a deber afrontarlo porque no queda más remedio.

Mientras acababa el paseo decidida a seguir caminando a donde mi corazón y mis piernas mandaran y después  de que un coche a paso furtivo planchara con sus ruedas un charco, y en consecuencia bañara mi abrigo, algo inesperado sucedió. O por lo menos siempre  que pasa lo es.

¿Por qué iba a suceder algo que entorpeciera mi decisión y mi tranquilidad? Por qué mis esquemas de nuevo se romperían, y toda esa decisión arroyadora que recorría creando electríficantemente una paz armoniosa de mis pies a la cabeza se iba a desplomar. ¿Por qué para una vez que me pongo tacones acaban lavados en agua asquerosa de procedencia desconocida?

Muy fácil, era “Uno” quien conducía el coche.

Dios, o quien sea, me ha dado el don de blasfemar y decir tacos de carrerilla sin pestañear. No recuerdo el tiempo exacto que tardé en parar de hacerlo hasta que miré para el coche que se había detenido en un semáforo. Me pillaba de camino y no tuve más remedio que pasar a su vera. Mientras, el tiempo para bien o para mal se detuvo, y a su vez toda posible gesticulación involuntaria o no de mi rostro. Por suerte en ese momento estaba de perfil esperando a que la señal cambiase. Como siempre, camisado, y despeinadamente peinado. Por algún motivo, miró a su derecha, cuando me vio y se dio cuenta de quien era, pronunció mi nombre y se ruborizó. No tuvo más remedio que seguir su camino y yo el mío.  –Cuántas veces habremos pensado los dos esa misma frase-. Cuántas.

Seguí caminando. Mirando para mis pies empapados, mis zapatos verde botella casi negros. Mi abrigo beige casi marrón. Todo había cambiado tras su paso. Cual fue mi sorpresa que mirando al final de la calle estaba aparcando de mala forma.Uno estaba aparcando y posteriormente abriendo la puerta del coche a prisas y mirándome. A mí. Me mantuve inmóvil. Tenía escasos segundos para decidir qué hacer. Hice un escáner a mi entorno. Un violinista tocando en la calle, una pareja besándose, una niña llorando comiendo una piruleta, y…un taxi. Avancé corriendo mientras oía mi nombre una y otra vez. Una especie de eco infinito que me negaba a escuchar.

“Baker fleex, número 30, por favor, arranque ya, por favor se lo pido”.

El taxi arrancó. Mientras lo hacía, miré tras la cristalera de atrás del taxi. Ahí estaba, en medio del violinista y la pareja que había pasado de besarse a abrazarse y a la derecha de la niña que ya había parado de llorar. Ahora era él el que se iba a mojar, y yo quien estaba a salvo. Percibí todo lo que sentía. De un modo u otro, a pesar de los años, lo seguía haciendo. Al final, también sentí su sonrisa dedicada a mi taxi, que supongo que para él cada vez  se iba haciendo más pequeño a medida que se perdía en la lejanía.

Yo también sonreí tímidamente mientras me secaba una lágrima mirando para abajo. El taxista me ofreció su pañuelo.

“Es sólo una, no hace falta” dije sonríendo.
“Una chica tan guapa no debería permitirse ni si quiera una sola”.
“Todas lo hacen”.
“Sí, pero no deberíais. Los muchachos de hoy en día están mal enseñados”.

Mi cabeza volvía a ir mil por hora. Qué hacía esa noche empapada casi temblando, hablando con un taxista sobre todo esto y más aún digiriendo lo que acababa de suceder. Fue inevitable acordarme de Berta y su artículo de la Más de cien razones por las que hacer un viaje en tax (que puedes ver pinchando en el enlace)

“Está muy seguro de que es por un chico”
“Te arreglas demasiado, vas bien vestida, pero hay cosas que no se pueden ocultar para un Viejo como yo. Y…porque por gracia o desgracia soy hombre, todos reconocemos esas lágrimas. ¡L’amour fou!”

Y yo mientras mantenía los ojos abiertos como platos con la mirada perdida, y pensaba “pero qué amour fou, ni qué niño muerto, sólo quiero llegar al Peaks y acabar con su bodega” Pero…¿Quién me decía que no tenía razón?

“Se irá muy triste a su casa al ver que has escapado de él”.
“No se crea, de todos modos, lo entenderá”.
“Por qué la gente hace idiota si lo único que debería hacer es estar juntos si se quieren”.
“No es tan fácil, para algunos el amor se convierte en un desequilibrio cósmico”.
“Los tiempos avanzan y con ello la complejidad en la que os basáis. En mi época era tan fácil como querer, cortejar, y besar, y de ahí un casi para siempre dos hijos mínimo y una hipoteca” Dijo riéndose.

Madre mía, me parecía entrañable. Pero hay momentos en los que  necesito escucharme. A mí sola. Y la verdad, no sabía si abrazarle siguiendo la tradición de una de mis amigas  y su pequeña manía a abrazar taxistas, o por lo contrario, pedirle que me bajara ya.

“¿Quién era?”
Uno. Era Uno”.

Todas hemos tenido y tenemos un Uno en nuestras vidas. Esa persona que fue la primera. En todo. Uno, es aquel quien concoes quizás mejor que a ti misma pero te empeñas en que signifique ser un desconocido. A veces lo consigues, otras tantas como mi noche  del charco y el taxi, se te hace más difícil. Uno, es esa persona con la que aprendimos a querer, pero también aprendimos lo que es el dolor por querer. Con él tienes los recuerdos más bonitos, como por ejemplo bailar un vals solos en medio de una plaza desierta. Pero también ha sido el responsable de dejar recuerdos como pasar noches y noches llorando por su insensibilidad. Porque ellos, tienen el don de ser sensibles e insensibles a la vez, de hacernos sentir queridas, pero también rotamente despreciadas, sólo ellos podrían ser así. Es esa persona que inyectó en ti ese germen adictivo a la melancolía y el romanticismo fatalista. Uno, nos hizo sentir protagonistas de auténticas películas. Nos quiso, nos quiso seguramente como nadie nunca hará, pero también nos desquició. Y cuando le suplicamos que desapareciera egoístamente no lo hizo, mientras que cuando siempre  le pedimos que estuviera, tampoco nos correspondió. Sin embargo cada vez que miras para Uno, ves demasiadas cosas que te asustan, quizás por lo que son. Uno se niega a ser como los otros. Porque de una forma u otra, se niegan a marcharse de nuestras vidas y le encanta ser quienes son en ellas.

Porque son Unos.
Y nosotras para Unos, también seremos Unas.
Pero…También se reencarnan en fantasmas vagabundos que cuando menos quieres, aparecen. Cuando menos lo necesitas y más confiada y segura te sientas, ¡Chas! Pasan con su maldito coche aún por encima bonito, para pisar un charco y empaparte de los pies a la cabeza con agua asquerosa y de procedencia que no quieras saber.


“Ya llegamos señorita”.
“Muchas gracias. ¿Cuánto es?”.
“Dos sonrisas y una promesa”.

No entendí nada…
“Prometer se me da mal, la verdad, prefiero pagarle”.
“Pues prométame que será usted misma”. Dijo alzando la cabeza.

Había ya saldado parte de la deuda sonriíendole dos veces consecutivas.

“Espera”.
“Se me da mal esperar también” dije riéndome.

Dos sonrisas, y una carcjada de propina.

Sacó un clinex mientras parecía estar pensando nerviosamente y cogió un boli.
Anotó algo,
Algo que quizás la lluvia borraría,
Pero
Hay cosas que la lluvia no borra.

“¿Le importa si lo leo en otro momento?”
“Es lo que te iba a pedir”.
“Gracias”.
“Buenas noches, petite fille”.

El Peaks estaba adornado con voluminosas luces y detalles navideños. Lo cierto es que normalmente me parecen horteras pero en su caso, eran bastante estilosos y colocados con buen gusto refinado. Allí estaban, ellos. Los patrocinadores de mis alegrías. Mientras llegaba ya notaba el ambiente  y divisaba dos botellas vacías. Estaban todos, Clota, Bart, Sophie, Britt, Dave y los demás.

“Amore mío llegas para lo mejor”
“Claro que sí, Bartie., lo mejor siempre está por llegar”
“Te has puesto tacones! A quién has visto hoy para ponerte tan guapa”? Preguntó curiosa Sophie.
“Para un pervertido, una mística, una perfeccionista, y una loca redomada”.

Después de abrazarlos más que nunca fui al baño a retocarme. Mientras me pintaba los labios cayó el clinex que me había dado el taxista. Lo abrí con curiosidad: “El mejor profeta del futuro es el pasado”

Me sonaba esa frase…y vaya si me sonaba, era una frase de Lord Byron. Menudo taxista. Por casualidad le di la vuelta al pañuelo en letra más pequeña y escrita de una forma mucho más irregular y tímida ponía: “…pero algún día, llegará Dos”.

Y así fue, como en una noche en la ciudad donde el Sol nunca sale, resultó ser el escenario perfecto para encarar o mejor dicho escapar de algo que jamás podremos hacer. Y más, si te persigue. Pero…mañana sería un nuevo día, y pese a todo, iba a seguir caminando.
Si quieres seguir todo esto desde donde empezó, Der Mischer, revista en la que escribo, puedes hacerlo aquí:

http://dermischer.com/2014/01/the-one/

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